domingo, 19 de febrero de 2012

Noche entre barriles


Noche entre barriles

El reloj marca las 9:44 de la noche, camino por la calle y me dirijo a un lugar pero termino en otro, desconocido, de esos que generalmente no suelo frecuentar. Me dispongo a ingresar a un bar, subo unos cuatro escalones de madera y camino hacia una puerta bastante amplia, con textura de madera y un aviso grande en su parte superior que dice… no alcanzo a leer que dice porque de inmediato me saluda un conocido amigo del que no me acordaba y acto seguido procedo a entrar al sitio con él. Al acceder vamos esquivando las mesas en forma de barriles que tiene el lugar (sí, en forma de barriles), mientras hago el recorrido en busca de un lugar para sentarnos observo las paredes con textura de piedra estilo antiguo y los cuadros de épocas remotas, algunos con figuras primitivas y arqueológicas que acompañan la decoración del recinto. Finalmente nos dirigimos hacia la barra que está justo en el fondo del lugar, en una esquina, en forma de “L”. Nos sentamos y procedemos a pedir algunas cervezas para acompañar la conversación acerca de las experiencias vividas en el bachillerato. Luego de un largo parlamento hablando de qué sabes de fulanita de tal, o de peranita y sutanita y otras no sé cuantas compañeras más, presto atención a lo que sucede en el lugar y veo parejas que disfrutan de las baladas que deleitan el ambiente.

De un momento a otro siento que alguien se ubica en una silla a mi lado, “Juan”, me dice, volteo y me encuentro con la grata sorpresa de contemplar la bella sonrisa de una querida compañera de estudio con la que no había cruzado muchas palabras, pero que había sido muy querida conmigo en ciertos momentos apresurados de mi vida, compartiéndome material de estudio urgente. Ahora era el momento preciso para entrar en  confianza. La conversación progresaba y el reloj se adelantaba rápidamente, marcaban las 11:26 de la noche, mi amigo se había marchado a una mesa a compartir con un grupo de personas conocidas que estaban en el lugar, por lo tanto, yo me encontraba sólo con la chica de la sonrisa bella, hablando de todo un poco. Casi en un abrir y cerrar de ojos la barra se llena de pequeños barriles de cerveza, algunos barriles volteados, otros aún siguen en pie, y nosotros nos reímos de todo cuanto comentario pronunciamos. El ambiente empieza a cambiar cuando algunas parejas "melosas" empiezan a entrar al bar, creando un ambiente aún más romántico en el lugar; las luces del recinto cambian de azul tenue a un rojo sutil, el bar está lleno, todos los barriles están ocupados y la barra, ni hablar. La chica de la sonrisa encantadora y yo nos olvidamos de todo nuestro alrededor e inventamos un mundo nuevo, nuestras miradas se cruzan, nos observamos fijamente y consumamos el momento con un beso. Continuamos dialogando un rato y poco tiempo después nos levantamos de nuestros asientos, caminamos hacia la salida esquivando las mesas en forma de barriles, intentando descifrar el camino con la poca luz sutil roja que difícilmente nos permite ver el suelo. Afortunadamente logramos observar la gran puerta con textura de madera y salimos a la civilización, al mundo común e inmediatamente mi ser vuelve en sí y salgo del hipnotismo. Una vez puestos mis pies sobre la tierra dimensiono la importancia del asunto, le pido el número telefónico a la chica de la sonrisa encantadora para librarme de ella, nos damos tal vez el último beso mutuo y cada uno coge por su lado buscando una nueva aventura, justo cuando el reloj indica la 1 de la mañana.
Juan David Velásquez

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