Estaba muy cansada. La verdad solo quería dormir y
descansar de un largo día de estudio. Pero no, mis amigas tenían otros planes
que me incluían y al cual con una gran voluntad de fufa me deje llevar. Nos
sentamos en una mesa continua a un salón en el cual había un billar de gran
tamaño, el lugar era tranquilo, se disfrutaba de música rock ochentera y un
ambiente un poco bohemio, me distraje viendo la decoración particular del bar,
había una cabina telefónica inglesa de muchos años atrás y muebles que
invitaban a dormir o por lo menos en mi lo hacían.
De
pronto, siento un gran empujo de una de mis amigas, la cual me advierte de las
miradas coquetas e intensas de un hombre de la mesa del frente, él era hermoso,
alto, sonrisa perfecta, ojos rasgados; y obviamente yo me hacía la tímida y
difícil. La verdad nunca supe su nombre, pero al contarle ésta historia a mis
amigas me pareció divertido llamarlo Juan, poco creativo pero fácil de
recordar.
A
los pocos minutos el hombre se acercó a mi mesa y sin pedir permiso se sentó a
mi lado y me ofreció un trago, sin darme cuenta pasaron dos horas y yo ya había
tomado más de lo necesario, mis amigas se querían ir y Juan me preguntó sin
ninguna timidez en dónde vivía y si me podía llevar, en mi interior sabia sus
intenciones, pero no dije nada porque las mías eran las mismas. Ya sin amigas
que molestaran, mi nuevo “amigo" y yo seguimos hablando, aunque en realidad yo
estaba más concentrada pensando en lo que podría ocurrir al salir del lugar.
El
bar se prestaba para mantener una conversación intima y un poco pícara, ya que
por ser tan oscuro cada mesa tenía su independencia, ésto facilitó algunos
besos profundos pero discretos, ya que la idea no era llamar la atención. Llego
la hora del cierre del bar y me invadió una gran alegría acompañada de timidez,
pero igual seguí con mi coqueteo.
Al
entrar a su carro no dudo en darme uno de los besos más apasionados y largos
conocidos por mi poca experiencia, aun así no dude en poner mi mano en su
pierna para manifestar mis deseos y él no se quedo atrás, no dudo ni un momento
en poner sus manos en mi pecho, pero ahí supe que era mejor parar, porque nada más
incómodo que tener sexo en un carro, sobre todo si hay la posibilidad de llegar
a casa.
Al
llegar no vacilamos en ir inmediatamente a la habitación, puso sus manos debajo
de mi falda y abrió mi blusa como si se tratara de un trapo viejo, después de
unas cuantas caricias y demasiados besos mojados, mis manos repiten con su ropa
lo que él le hizo a la mía; y sin más espera hacemos de mi cuarto un paraíso
orgásmico… O al menos así lo veía yo.
Después
de dos largas y satisfactorias descargas de energía, por llamarlo así, siento un
gran empujón, el cual provenía de una de mis amigas; y me repetía que el chico
de la mesa de al frente me seguía mirando intensamente.
Por: MARCELA MEJÍA BARRIENTOS
la embarraste con ese título
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