jueves, 16 de febrero de 2012

NUNCA SALÍ DEL BAR


Estaba muy cansada. La verdad solo quería dormir y descansar de un largo día de estudio. Pero no, mis amigas tenían otros planes que me incluían y al cual con una gran voluntad de fufa me deje llevar. Nos sentamos en una mesa continua a un salón en el cual había un billar de gran tamaño, el lugar era tranquilo, se disfrutaba de música rock ochentera y un ambiente un poco bohemio, me distraje viendo la decoración particular del bar, había una cabina telefónica inglesa de muchos años atrás y muebles que invitaban a dormir o por lo menos en mi lo hacían.

De pronto, siento un gran empujo de una de mis amigas, la cual me advierte de las miradas coquetas e intensas de un hombre de la mesa del frente, él era hermoso, alto, sonrisa perfecta, ojos rasgados; y obviamente yo me hacía la tímida y difícil. La verdad nunca supe su nombre, pero al contarle ésta historia a mis amigas me pareció divertido llamarlo Juan, poco creativo pero fácil de recordar.
A los pocos minutos el hombre se acercó a mi mesa y sin pedir permiso se sentó a mi lado y me ofreció un trago, sin darme cuenta pasaron dos horas y yo ya había tomado más de lo necesario, mis amigas se querían ir y Juan me preguntó sin ninguna timidez en dónde vivía y si me podía llevar, en mi interior sabia sus intenciones, pero no dije nada porque las mías eran las mismas. Ya sin amigas que molestaran, mi nuevo “amigo" y yo seguimos hablando, aunque en realidad yo estaba más concentrada pensando en lo que podría ocurrir al salir del lugar.

El bar se prestaba para mantener una conversación intima y un poco pícara, ya que por ser tan oscuro cada mesa tenía su independencia, ésto facilitó algunos besos profundos pero discretos, ya que la idea no era llamar la atención. Llego la hora del cierre del bar y me invadió una gran alegría acompañada de timidez, pero igual seguí con mi coqueteo.
Al entrar a su carro no dudo en darme uno de los besos más apasionados y largos conocidos por mi poca experiencia, aun así no dude en poner mi mano en su pierna para manifestar mis deseos y él no se quedo atrás, no dudo ni un momento en poner sus manos en mi pecho, pero ahí supe que era mejor parar, porque nada más incómodo que tener sexo en un carro, sobre todo si hay la posibilidad de llegar a casa.

Al llegar no vacilamos en ir inmediatamente a la habitación, puso sus manos debajo de mi falda y abrió mi blusa como si se tratara de un trapo viejo, después de unas cuantas caricias y demasiados besos mojados, mis manos repiten con su ropa lo que él le hizo a la mía; y sin más espera hacemos de mi cuarto un paraíso orgásmico… O al menos así lo veía yo.

Después de dos largas y satisfactorias descargas de energía, por llamarlo así, siento un gran empujón, el cual provenía de una de mis amigas; y me repetía que el chico de la mesa de al frente me seguía mirando intensamente.

Por: MARCELA MEJÍA BARRIENTOS

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